Posteado por: uranuevacultura | mayo 17, 2013

La Guerra del Agua

crecida_rio

Llueve o nieva, sin demasiados respiros entre frente y borrasca, desde hace varios meses. Nuestra situación geográfica es propicia para ello. El codiciado verdor de buena parte de nuestro territorio así lo atestigua. Sin embargo, la lluvia no siempre llega acompañada de beneficio, o no siempre es percibido así, especialmente cuando la precipitación es muy cuantiosa y concentrada y si los cauces fluviales no dan más de sí. Llegan las inundaciones y las peores consecuencias en las zonas afectadas. Es en esos momentos cuando es más difícil ir más allá de la necesaria solidaridad y reparación del daño para abordar soluciones distintas a las más «populares» pero no necesariamente más eficaces. Pero, por otra parte, es quizás ahora cuando es más urgente hablar de las soluciones estructurales. Complicadas, provocadoras incluso, pero pertinentes. Este artículo aborda la situación creada especialmente en torno al Ebro y sus afluentes, cuando se cumple ya la tercera oleada de crecidas en lo que va de año.  

Desde enero llevamos sin poder trabajar las tierras que tendrían que estar ya sembradas y ahora, otra vez con el agua, hasta julio o más no se va a poder entrar». Jesús Dúcar, concejal en Valtierra, el 1 de abril. Enero, febrero, marzo, abril… El final del invierno y el inicio de la primavera han traído mucha lluvia y, al llover sobre mojado, los cauces han tomado lo que siempre había sido suyo.

Sin embargo, en esas lindes del río se ha construido, se ha labrado… y eso entra inevitablemente en conflicto con el río cuando este no puede más. Históricamente, dos han sido las demandas de los afectados para sobrellevar estos momentos: diques de contención y/o dragados. Y una tercera, cada vez más complicada en estos durísimos tiempos de crisis: establecer  sistemas  de  compensación  o  discriminación positiva de estas zonas. Las demandas de los ayuntamientos afectados -navarros, sobre todo- que han sido trasladadas a las autoridades políticas y a la Confederación Hidrográfica del Ebro (CHE) se han centrado en exigir que se arreglen los diques dañados para que no vuelva a entrar el agua, pero la Confederación quiere hacer una zona de expansión (es decir, crear áreas inundables) con una serie de compuertas, y sostiene que «mientras no se haga eso, no tenemos solución». Sin embargo, la propuesta de la creación de áreas inundables, que básicamente supondría ceder al río lo que es del río cuando lo necesite, no es del agrado de muchos agricultores y asociaciones de agricultores (no de todos), porque implicaría dejar al pairo áreas hoy cultivadas sin garantía de compensación.

El presidente de la UAGN, Félix Bariain, y el secretario general de la organización, David Lezaun, expresaron a principios de mes su indignación con la Confederación  Hidrográfica  del  Ebro  y  exigieron  la dimisión de su máximo responsable, Xabier de Pedro, «por su ineficaz gestión ante las inundaciones causadas por el río en los últimos dos meses y medio, que han anegado miles de hectáreas de cultivos», tal y como recogía naiz.info el 2 de abril, y le reiteraron su rechazo a la creación de zonas inundables. Lo primero es reparar lo dañado, insisten.

Por su parte, EHNE exige un cambio de prioridades en las inversiones públicas del Gobierno navarro en el sector agrario y critica «la dejadez por parte de la Confederación Hidrográfica en cuanto al mantenimiento del cauce, lo que provoca que, con cada vez menos punta de agua, los daños sean mayores». Pero, al mismo tiempo, EHNE apuesta por «la inclusión de las llanuras de inundación dentro de la Red Natura 2000» y recuerda que la Directiva Marco del Agua, en su artículo 31, punto 4, «establece una serie de requisitos específicos para compensar a los beneficiarios por los costes y pérdida de renta». EHNE ve necesaria la implantación de «medidas estructurales que minimicen el impacto económico y den cierta seguridad a los agricultores afectados». Algo esencial.

«Llevamos prácticamente tres meses con los campos inundados, se han perdido las cosechas de invierno y no vamos a poder plantar los cultivos de primavera», se lamentan muchos agricultores. Hablamos de unas 1.500 hectáreas afectadas, especialmente entre Castejón y el límite con la provincia de Zaragoza, con picos que han llegado hasta las 4.000. Los cultivos de brócoli, alcachofa y borraja ya se han visto afectados y los de cebada y trigo, así como la siembra del maíz y otras hortalizas tienen un oscuro futuro ante sí.

No es un tema nuevo, en absoluto, y tampoco las posibles soluciones lo son, aunque no terminan de ser consensuadas e implementadas. Hace exactamente seis años, en un artículo publicado en GARA, Camino Jaso, Julia Ibarra y Eneko del Amo, integrantes del Grupo Nueva Cultura del Agua en Nafarroa, tras mostrar su solidaridad con los agricultores y vecinos afectados por las crecidas (diques rotos, campos erosionados, cosechas perdidas, obras e inmuebles afectados), trataban de recuperar conceptos olvidados pero básicos a la hora de interpretar estos hechos al margen de la imagen social generada de alarmismo. Recordaban que tanto la construcción de diques de defensa como de embalses «son medidas que acaban generando una falsa sensación de seguridad que favorece la invasión de la llanura de inundación por parte de las actividades humanas», y apostaban, claramente, por «habilitar espacios de inundación en zonas compatibles con la misma, junto al retranqueado de determinadas motas y la adecuada reforestación de sotos y riberas, con las pertinentes indemnizaciones -la persistencia del uso agrícola tradicional en la llanura de inundación favorece la función laminadora de la misma, por lo que debe ser apoyada y potenciada-. Estas medidas deben combinarse con planes eficaces de defensa de los núcleos urbanos y de las vías de comunicación».

«No podemos eliminar todos los usos e invasiones de las vegas, pero sí ordenarlos», subrayaban, y concluían que «el propio funcionamiento natural de un río favorece que parte de la crecida se desborde e inunde las riberas y las terrazas, provocando un tipo de inundación en la que el volumen que se desborda, se infiltra y fertiliza la vega es a su vez un volumen de agua que se resta al balance global del episodio de inundación. El río gestiona su propia inundación mejor que nadie, lleva haciéndolo toda la vida. Reconocer que las llanuras aluviales inundadas son el mejor seguro contra los efectos perniciosos de las inundaciones y valorar su interés como sistemas naturales debería ser el objetivo principal de las administraciones públicas en la gestión de estos episodios».

La creación de zonas inundables controladas es muy popular en otros países europeos. Incluso en Holanda, con sus diques y compuertas de última generación.

«Si no fuera por los embalses…». Otra de las reacciones más socorridas es la que alude a los supuestos beneficios que aportan los embalses para la contención de las crecidas. Una frase típica y manida sería la siguiente: «Si no fuera por los embalses, esto habría sido una catástrofe». En el artículo firmado por Camino Jaso, Julia Ibarra y Eneko del Amo en abril de 2007 se esgrimían conceptos básicos de geometría para rebatir esta percepción: «La función laminadora de las avenidas que desarrolla la llanura de inundación es potencialmente más efectiva que la de los actuales embalses de la cuenca. La cantidad de metros cúbicos de agua que había que desalojar después de las intensas lluvias de estos días solo cabía en esas llanuras o vegas fluviales. Estas llanuras son tan extensas en el caso de nuestros grandes ríos, Arga, Ega, Aragón y Ebro, que con una lámina de agua de sólo 5 centímetros de espesor se almacenan cantidades equivalentes o superiores a las almacenadas por cualquiera de los embalses de la cuenca (Itoitz, Yesa…); es decir, en pocos kilómetros caben millones de metros cúbicos de agua. Además, este efecto de regulación sería incomparablemente mayor si se estableciera un verdadero espacio de libertad fluvial. Para conseguir este espacio habría que empezar por corregir la influencia de muchos de los obstáculos construidos por el ser humano sobre el flujo natural del agua en la llanura de inundación (puentes, pasos en terraplén…). También, al igual que se está haciendo en muchos países desde hace varias décadas, eliminar o rebajar parte de las actuales y peligrosas motas de defensa (elevaciones de tierra), o en algunos casos situarlas más alejadas del cauce, evitando así concentraciones de agua en lugares situados aguas abajo de los tramos encauzados por los diques, que pueden resultar peligrosas».

Son también habituales las confrontaciones en tiempos de crecidas en torno a cómo y cuándo se Son también habituales las confrontaciones en tiempos de crecidas en torno a cómo y cuándo se abren las compuertas de los embalses. Ha sucedido recientemente en Añarbe y en los pantanos alaveses.

E incluso se han podido volver a escuchar recientemente críticas más o menos rigurosas (y, en todo caso, desmentidas por el CHE) sobre si «se deja» que el Ebro inunde las zonas de siempre en la Ribera navarra para evitar que lo haga en territorio aragonés.

Pero no son estas las únicas polémicas que la gestión de las crecidas de las ríos provocan en nuestro país. Hay otro tema recurrente que de nuevo ha saltado a la palestra: ¿Conviene o no limpiar o dragar los ríos para evitar los desbordamientos?

«Limpiar» el cauce. El pasado 24 de enero, Alfredo Ollero Ojeda, profesor titular de Geografía Física de la Universidad de Zaragoza y vocal del Centro Ibérico de Restauración Fluvial, advertía sin medias tintas de que «la “limpieza” es una actuación destructiva del cauce que no sirve para reducir los riesgos de inundación y que puede originar graves consecuencias tanto en el medio natural como en los usos humanos del espacio fluvial». Es, en su opinión, un «anacronismo», pero sigue siendo una idea muy enraizada, en parte porque en años pasados se hacía sin contemplaciones y porque la percepción que se suscitaba entre la ciudadanía era de que «la inundación estaba siendo grave por culpa de que el río no estaba limpio». El doctor Ollero subraya que «esta interpretación popular de los hechos, tan errónea como abrumadoramente unánime» es un mero «placebo».

En todo caso, conviene matizar las palabras: cuando se pide limpiar un río no se pretende liberarlo de basuras (como han realizado hace pocos meses, por ejemplo, en Usurbil), sino eliminar sedimentos, vegetación viva y madera muerta, elementos naturales del río y fundamentales para su dinámica. Lo que se demanda es agrandar la sección y reducir la rugosidad para que el agua circule en mayor volumen sin desbordarse y a mayor velocidad. Pero, tal y como el propio Alfredo Ollero y Camino Jaso recordaban el 9 de febrero, «cuando esto ocurre, los daños en el río son innumerables y, además, las limpiezas son acciones que nada benefician a los que las demandan.

Y lo documentan del siguiente modo: «En las primeras horas de la siguiente crecida el río volverá a acumular materiales en los huecos limpiados. En ríos

como el Ebro y los tramos bajos de sus principales afluentes navarros, eliminar una capa de gravas de su lecho aumenta mínimamente la sección de la corriente desbordada, un efecto a toda vista despreciable. En el Ebro, por ejemplo, si se dragara rebajando un metro el lecho, para una crecida de 2.000 m3/s como la de estos últimos días y teniendo en cuenta el campo de velocidades, tan solo bajaría el nivel de la corriente unos 8 centímetros en la misma sección dragada. Y si se quiere mantener este pequeño efecto, habrá que seguir limpiando una y otra vez. En 2010 se dragaron un total de 126.000 m3 de gravas en el tramo aragonés del Ebro (entre Gallur y Cabañas) y hoy durante la crecida se pide con insistencia que se vuelvan a dragar los mismos puntos». En opinión de ambos, además de un despilfarro, es ineficaz. Otro dato: en toda zona baja del Arga y del Ega se hicieron en la década de los 70 y 80 del siglo pasado grandísimos dragados y canalizaciones y el río está como está.

Y puede acarrear efectos perniciosos: «Los dragados pueden provocar efectos secundarios muy negativos: erosión remontante (erosión hacia aguas arriba del tramo dragado), incisión (hundimiento del cauce), irregularización de los fondos, descenso de la capa freática (y por tanto desecación de pozos de riego), descalzamiento de puentes y escolleras, colapsos si hay simas bajo la capa aluvial…» (EHNE también subraya que «la política de dragados sistemáticos no va a librar al sector de futuras inundaciones»).

Recuerdan ambos expertos que los estudios geomorfológicos que se han llevado a cabo en el río Arga, entre ellos en la zona de Peralta-Funes, han demostrado que los dragados a los que se han visto sometidos estos ríos en el pasado están provocando serios problemas de incisión del cauce: «Como resultado de esto, se empiezan a observar problemas de descalce en las zapatas de los puentes y un descenso en el nivel freático que afecta a los pozos de los que se abastecen los regadíos y las poblaciones ribereñas».

¿Se eleva el cauce? Ollera y Jaso rebaten otra de las creencias populares sobre los ríos en estos tiempos de crecidas: la percepción de que el cauce de los ríos se eleva. Es una percepción falsa, sostienen, «ya que donde haya crecido alguna playa o isla, el cauce habrá profundizado al lado, en el mismo punto, para compensarlo». Discuten también otra sensación popular más o menos extendida que aflora de modo recurrente y que sostiene que con crecidas pequeñas cada vez  se  inundan  más  campos, «cuando  lo  que ocurre -aseguran- es que las motas y defensas, al comprimir el flujo, inyectan con fuerza el agua a las capas subterráneas, inundándose desde el freático terrenos muy alejados del cauce».

El problema es que es difícil explicar a los sectores y poblaciones afectadas, especialmente en este momento de inundación y desolación en la Ribera, que son las propias crecidas «las que limpian los cauces y mantienen la vegetación a raya». Ollera y Jaso anticipan que «tras estas crecidas, este verano habrá menos algas y menos riesgo de proliferación de especies invasoras, como la mosca negra. Con menos regulación, más espacio para desbordarse y más crecidas, el río funcionará mejor y nos dará más beneficios. Dejemos de demandar limpiezas». Además, no conviene generalizar. La propia Camino Jaso tira de familia para apuntar que muchos agricultores entienden que el propio río debe gestionar sus crecidas. De hecho, tienen esa tierra tan estupenda porque están precisamente en la vega de inundación. La cuestión es que cuando la sufren deberían ser convenientemente indemnizados. Pero hoy no existe ningún protocolo claro para esos momentos de aluvión.

Cambio radical. Esta serie de propuestas no son, desde luego, ajenas al entorno europeo. De hecho, frente a la ineficacia de medidas quizás más «populares», la Directiva Europea de Inundaciones aboga por la renaturalización de los ecosistemas fluviales a través de la recuperación de las llanuras naturales de inundación como vía de laminación de las avenidas. Poblaciones y polígonos industriales, por ejemplo, deberían contar con medidas estructurales de protección, pero la gestión del resto del cauce fluvial debería ser radicalmente distinta. Precisamente en esta línea se han desarrollado experiencias en Holanda y Alemania, al igual que las que se están realizando en la propia cuenca del Arga y Aragón y en tramos del Ebro. Ese es el futuro para expertos como Alfredo Ollero y Camino Jaso, quienes recuerdan que si desaparecen ciertas funciones ecosistémicas de los ríos, se pone en riesgo la disponibilidad de agua de calidad y peligran la mayoría de lo usos que actualmente hacemos de ellos, a la par que se hipotecan usos potenciales futuros.

Estos dos expertos urgen a que comience a desarrollarse y aplicarse una buena ordenación y gestión de estos espacios que, por supuesto, insisten, puede y debe incluir labores de conservación y mantenimiento de cauces, donde tendrían también lugar acciones de limpiezas puntuales de puentes e infraestructuras. Si a esto añadimos una política eficaz y rápida de indemnizaciones para los años excepcionales (como este), y más campañas de información y participación, el problema de las crecidas quedaría paliado y los ríos ganarían en salud, lo cual siempre revierte en la mejora de los múltiples servicios que nos prestan.

Publicado en Zazpika

La Guerra del Agua

 

Zazpika.  Llueve o nieva, sin demasiados respiros entre frente y borrasca, desde hace varios meses. Nuestra situación geográfica es propicia para ello. El codiciado verdor de buena parte de nuestro territorio así lo atestigua. Sin embargo, la lluvia no siempre llega acompañada de beneficio, o no siempre es percibido así, especialmente cuando la precipitación es muy cuantiosa y concentrada y si los cauces fluviales no dan más de sí. Llegan las inundaciones y las peores consecuencias en las zonas afectadas. Es en esos momentos cuando es más difícil ir más allá de la necesaria solidaridad y reparación del daño para abordar soluciones distintas a las más «populares» pero no necesariamente más eficaces. Pero, por otra parte, es quizás ahora cuando es más urgente hablar de las soluciones estructurales. Complicadas, provocadoras incluso, pero pertinentes. Este artículo aborda la situación creada especialmente en torno al Ebro y sus afluentes, cuando se cumple ya la tercera oleada de crecidas en lo que va de año.

Desde enero llevamos sin poder trabajar las tierras que tendrían que estar ya sembradas y ahora, otra vez con el agua, hasta julio o más no se va a poder entrar». Jesús Dúcar, concejal en Valtierra, el 1 de abril. Enero, febrero, marzo, abril… El final del invierno y el inicio de la primavera han traído mucha lluvia y, al llover sobre mojado, los cauces han tomado lo que siempre había sido suyo.

Sin embargo, en esas lindes del río se ha construido, se ha labrado… y eso entra inevitablemente en conflicto con el río cuando este no puede más. Históricamente, dos han sido las demandas de los afectados para sobrellevar estos momentos: diques de contención y/o dragados. Y una tercera, cada vez más complicada en estos durísimos tiempos de crisis: establecer  sistemas  de  compensación  o  discriminación positiva de estas zonas. Las demandas de los ayuntamientos afectados -navarros, sobre todo- que han sido trasladadas a las autoridades políticas y a la Confederación Hidrográfica del Ebro (CHE) se han centrado en exigir que se arreglen los diques dañados para que no vuelva a entrar el agua, pero la Confederación quiere hacer una zona de expansión (es decir, crear áreas inundables) con una serie de compuertas, y sostiene que «mientras no se haga eso, no tenemos solución». Sin embargo, la propuesta de la creación de áreas inundables, que básicamente supondría ceder al río lo que es del río cuando lo necesite, no es del agrado de muchos agricultores y asociaciones de agricultores (no de todos), porque implicaría dejar al pairo áreas hoy cultivadas sin garantía de compensación.

El presidente de la UAGN, Félix Bariain, y el secretario general de la organización, David Lezaun, expresaron a principios de mes su indignación con la Confederación  Hidrográfica  del  Ebro  y  exigieron  la dimisión de su máximo responsable, Xabier de Pedro, «por su ineficaz gestión ante las inundaciones causadas por el río en los últimos dos meses y medio, que han anegado miles de hectáreas de cultivos», tal y como recogía naiz.info el 2 de abril, y le reiteraron su rechazo a la creación de zonas inundables. Lo primero es reparar lo dañado, insisten.

Por su parte, EHNE exige un cambio de prioridades en las inversiones públicas del Gobierno navarro en el sector agrario y critica «la dejadez por parte de la Confederación Hidrográfica en cuanto al mantenimiento del cauce, lo que provoca que, con cada vez menos punta de agua, los daños sean mayores». Pero, al mismo tiempo, EHNE apuesta por «la inclusión de las llanuras de inundación dentro de la Red Natura 2000» y recuerda que la Directiva Marco del Agua, en su artículo 31, punto 4, «establece una serie de requisitos específicos para compensar a los beneficiarios por los costes y pérdida de renta». EHNE ve necesaria la implantación de «medidas estructurales que minimicen el impacto económico y den cierta seguridad a los agricultores afectados». Algo esencial.

«Llevamos prácticamente tres meses con los campos inundados, se han perdido las cosechas de invierno y no vamos a poder plantar los cultivos de primavera», se lamentan muchos agricultores. Hablamos de unas 1.500 hectáreas afectadas, especialmente entre Castejón y el límite con la provincia de Zaragoza, con picos que han llegado hasta las 4.000. Los cultivos de brócoli, alcachofa y borraja ya se han visto afectados y los de cebada y trigo, así como la siembra del maíz y otras hortalizas tienen un oscuro futuro ante sí.

No es un tema nuevo, en absoluto, y tampoco las posibles soluciones lo son, aunque no terminan de ser consensuadas e implementadas. Hace exactamente seis años, en un artículo publicado en GARA, Camino Jaso, Julia Ibarra y Eneko del Amo, integrantes del Grupo Nueva Cultura del Agua en Nafarroa, tras mostrar su solidaridad con los agricultores y vecinos afectados por las crecidas (diques rotos, campos erosionados, cosechas perdidas, obras e inmuebles afectados), trataban de recuperar conceptos olvidados pero básicos a la hora de interpretar estos hechos al margen de la imagen social generada de alarmismo. Recordaban que tanto la construcción de diques de defensa como de embalses «son medidas que acaban generando una falsa sensación de seguridad que favorece la invasión de la llanura de inundación por parte de las actividades humanas», y apostaban, claramente, por «habilitar espacios de inundación en zonas compatibles con la misma, junto al retranqueado de determinadas motas y la adecuada reforestación de sotos y riberas, con las pertinentes indemnizaciones -la persistencia del uso agrícola tradicional en la llanura de inundación favorece la función laminadora de la misma, por lo que debe ser apoyada y potenciada-. Estas medidas deben combinarse con planes eficaces de defensa de los núcleos urbanos y de las vías de comunicación».

«No podemos eliminar todos los usos e invasiones de las vegas, pero sí ordenarlos», subrayaban, y concluían que «el propio funcionamiento natural de un río favorece que parte de la crecida se desborde e inunde las riberas y las terrazas, provocando un tipo de inundación en la que el volumen que se desborda, se infiltra y fertiliza la vega es a su vez un volumen de agua que se resta al balance global del episodio de inundación. El río gestiona su propia inundación mejor que nadie, lleva haciéndolo toda la vida. Reconocer que las llanuras aluviales inundadas son el mejor seguro contra los efectos perniciosos de las inundaciones y valorar su interés como sistemas naturales debería ser el objetivo principal de las administraciones públicas en la gestión de estos episodios».

La creación de zonas inundables controladas es muy popular en otros países europeos. Incluso en Holanda, con sus diques y compuertas de última generación.

«Si no fuera por los embalses…». Otra de las reacciones más socorridas es la que alude a los supuestos beneficios que aportan los embalses para la contención de las crecidas. Una frase típica y manida sería la siguiente: «Si no fuera por los embalses, esto habría sido una catástrofe». En el artículo firmado por Camino Jaso, Julia Ibarra y Eneko del Amo en abril de 2007 se esgrimían conceptos básicos de geometría para rebatir esta percepción: «La función laminadora de las avenidas que desarrolla la llanura de inundación es potencialmente más efectiva que la de los actuales embalses de la cuenca. La cantidad de metros cúbicos de agua que había que desalojar después de las intensas lluvias de estos días solo cabía en esas llanuras o vegas fluviales. Estas llanuras son tan extensas en el caso de nuestros grandes ríos, Arga, Ega, Aragón y Ebro, que con una lámina de agua de sólo 5 centímetros de espesor se almacenan cantidades equivalentes o superiores a las almacenadas por cualquiera de los embalses de la cuenca (Itoitz, Yesa…); es decir, en pocos kilómetros caben millones de metros cúbicos de agua. Además, este efecto de regulación sería incomparablemente mayor si se estableciera un verdadero espacio de libertad fluvial. Para conseguir este espacio habría que empezar por corregir la influencia de muchos de los obstáculos construidos por el ser humano sobre el flujo natural del agua en la llanura de inundación (puentes, pasos en terraplén…). También, al igual que se está haciendo en muchos países desde hace varias décadas, eliminar o rebajar parte de las actuales y peligrosas motas de defensa (elevaciones de tierra), o en algunos casos situarlas más alejadas del cauce, evitando así concentraciones de agua en lugares situados aguas abajo de los tramos encauzados por los diques, que pueden resultar peligrosas».

Son también habituales las confrontaciones en tiempos de crecidas en torno a cómo y cuándo se Son también habituales las confrontaciones en tiempos de crecidas en torno a cómo y cuándo se abren las compuertas de los embalses. Ha sucedido recientemente en Añarbe y en los pantanos alaveses.

E incluso se han podido volver a escuchar recientemente críticas más o menos rigurosas (y, en todo caso, desmentidas por el CHE) sobre si «se deja» que el Ebro inunde las zonas de siempre en la Ribera navarra para evitar que lo haga en territorio aragonés.

Pero no son estas las únicas polémicas que la gestión de las crecidas de las ríos provocan en nuestro país. Hay otro tema recurrente que de nuevo ha saltado a la palestra: ¿Conviene o no limpiar o dragar los ríos para evitar los desbordamientos?

«Limpiar» el cauce. El pasado 24 de enero, Alfredo Ollero Ojeda, profesor titular de Geografía Física de la Universidad de Zaragoza y vocal del Centro Ibérico de Restauración Fluvial, advertía sin medias tintas de que «la “limpieza” es una actuación destructiva del cauce que no sirve para reducir los riesgos de inundación y que puede originar graves consecuencias tanto en el medio natural como en los usos humanos del espacio fluvial». Es, en su opinión, un «anacronismo», pero sigue siendo una idea muy enraizada, en parte porque en años pasados se hacía sin contemplaciones y porque la percepción que se suscitaba entre la ciudadanía era de que «la inundación estaba siendo grave por culpa de que el río no estaba limpio». El doctor Ollero subraya que «esta interpretación popular de los hechos, tan errónea como abrumadoramente unánime» es un mero «placebo».

En todo caso, conviene matizar las palabras: cuando se pide limpiar un río no se pretende liberarlo de basuras (como han realizado hace pocos meses, por ejemplo, en Usurbil), sino eliminar sedimentos, vegetación viva y madera muerta, elementos naturales del río y fundamentales para su dinámica. Lo que se demanda es agrandar la sección y reducir la rugosidad para que el agua circule en mayor volumen sin desbordarse y a mayor velocidad. Pero, tal y como el propio Alfredo Ollero y Camino Jaso recordaban el 9 de febrero, «cuando esto ocurre, los daños en el río son innumerables y, además, las limpiezas son acciones que nada benefician a los que las demandan.

Y lo documentan del siguiente modo: «En las primeras horas de la siguiente crecida el río volverá a acumular materiales en los huecos limpiados. En ríos

como el Ebro y los tramos bajos de sus principales afluentes navarros, eliminar una capa de gravas de su lecho aumenta mínimamente la sección de la corriente desbordada, un efecto a toda vista despreciable. En el Ebro, por ejemplo, si se dragara rebajando un metro el lecho, para una crecida de 2.000 m3/s como la de estos últimos días y teniendo en cuenta el campo de velocidades, tan solo bajaría el nivel de la corriente unos 8 centímetros en la misma sección dragada. Y si se quiere mantener este pequeño efecto, habrá que seguir limpiando una y otra vez. En 2010 se dragaron un total de 126.000 m3 de gravas en el tramo aragonés del Ebro (entre Gallur y Cabañas) y hoy durante la crecida se pide con insistencia que se vuelvan a dragar los mismos puntos». En opinión de ambos, además de un despilfarro, es ineficaz. Otro dato: en toda zona baja del Arga y del Ega se hicieron en la década de los 70 y 80 del siglo pasado grandísimos dragados y canalizaciones y el río está como está.

Y puede acarrear efectos perniciosos: «Los dragados pueden provocar efectos secundarios muy negativos: erosión remontante (erosión hacia aguas arriba del tramo dragado), incisión (hundimiento del cauce), irregularización de los fondos, descenso de la capa freática (y por tanto desecación de pozos de riego), descalzamiento de puentes y escolleras, colapsos si hay simas bajo la capa aluvial…» (EHNE también subraya que «la política de dragados sistemáticos no va a librar al sector de futuras inundaciones»).

Recuerdan ambos expertos que los estudios geomorfológicos que se han llevado a cabo en el río Arga, entre ellos en la zona de Peralta-Funes, han demostrado que los dragados a los que se han visto sometidos estos ríos en el pasado están provocando serios problemas de incisión del cauce: «Como resultado de esto, se empiezan a observar problemas de descalce en las zapatas de los puentes y un descenso en el nivel freático que afecta a los pozos de los que se abastecen los regadíos y las poblaciones ribereñas».

¿Se eleva el cauce? Ollera y Jaso rebaten otra de las creencias populares sobre los ríos en estos tiempos de crecidas: la percepción de que el cauce de los ríos se eleva. Es una percepción falsa, sostienen, «ya que donde haya crecido alguna playa o isla, el cauce habrá profundizado al lado, en el mismo punto, para compensarlo». Discuten también otra sensación popular más o menos extendida que aflora de modo recurrente y que sostiene que con crecidas pequeñas cada vez  se  inundan  más  campos, «cuando  lo  que ocurre -aseguran- es que las motas y defensas, al comprimir el flujo, inyectan con fuerza el agua a las capas subterráneas, inundándose desde el freático terrenos muy alejados del cauce».

El problema es que es difícil explicar a los sectores y poblaciones afectadas, especialmente en este momento de inundación y desolación en la Ribera, que son las propias crecidas «las que limpian los cauces y mantienen la vegetación a raya». Ollera y Jaso anticipan que «tras estas crecidas, este verano habrá menos algas y menos riesgo de proliferación de especies invasoras, como la mosca negra. Con menos regulación, más espacio para desbordarse y más crecidas, el río funcionará mejor y nos dará más beneficios. Dejemos de demandar limpiezas». Además, no conviene generalizar. La propia Camino Jaso tira de familia para apuntar que muchos agricultores entienden que el propio río debe gestionar sus crecidas. De hecho, tienen esa tierra tan estupenda porque están precisamente en la vega de inundación. La cuestión es que cuando la sufren deberían ser convenientemente indemnizados. Pero hoy no existe ningún protocolo claro para esos momentos de aluvión.

Cambio radical. Esta serie de propuestas no son, desde luego, ajenas al entorno europeo. De hecho, frente a la ineficacia de medidas quizás más «populares», la Directiva Europea de Inundaciones aboga por la renaturalización de los ecosistemas fluviales a través de la recuperación de las llanuras naturales de inundación como vía de laminación de las avenidas. Poblaciones y polígonos industriales, por ejemplo, deberían contar con medidas estructurales de protección, pero la gestión del resto del cauce fluvial debería ser radicalmente distinta. Precisamente en esta línea se han desarrollado experiencias en Holanda y Alemania, al igual que las que se están realizando en la propia cuenca del Arga y Aragón y en tramos del Ebro. Ese es el futuro para expertos como Alfredo Ollero y Camino Jaso, quienes recuerdan que si desaparecen ciertas funciones ecosistémicas de los ríos, se pone en riesgo la disponibilidad de agua de calidad y peligran la mayoría de lo usos que actualmente hacemos de ellos, a la par que se hipotecan usos potenciales futuros.

Estos dos expertos urgen a que comience a desarrollarse y aplicarse una buena ordenación y gestión de estos espacios que, por supuesto, insisten, puede y debe incluir labores de conservación y mantenimiento de cauces, donde tendrían también lugar acciones de limpiezas puntuales de puentes e infraestructuras. Si a esto añadimos una política eficaz y rápida de indemnizaciones para los años excepcionales (como este), y más campañas de información y participación, el problema de las crecidas quedaría paliado y los ríos ganarían en salud, lo cual siempre revierte en la mejora de los múltiples servicios que nos prestan.

Normal
0
21

false
false
false

MicrosoftInternetExplorer4

 Llueve o nieva, sin demasiados respiros entre frente y borrasca, desde hace varios meses. Nuestra situación geográfica es propicia para ello. El codiciado verdor de buena parte de nuestro territorio así lo atestigua. Sin embargo, la lluvia no siempre llega acompañada de beneficio, o no siempre es percibido así, especialmente cuando la precipitación es muy cuantiosa y concentrada y si los cauces fluviales no dan más de sí. Llegan las inundaciones y las peores consecuencias en las zonas afectadas. Es en esos momentos cuando es más difícil ir más allá de la necesaria solidaridad y reparación del daño para abordar soluciones distintas a las más «populares» pero no necesariamente más eficaces. Pero, por otra parte, es quizás ahora cuando es más urgente hablar de las soluciones estructurales. Complicadas, provocadoras incluso, pero pertinentes. Este artículo aborda la situación creada especialmente en torno al Ebro y sus afluentes, cuando se cumple ya la tercera oleada de crecidas en lo que va de año.

Desde enero llevamos sin poder trabajar las tierras que tendrían que estar ya sembradas y ahora, otra vez con el agua, hasta julio o más no se va a poder entrar». Jesús Dúcar, concejal en Valtierra, el 1 de abril. Enero, febrero, marzo, abril… El final del invierno y el inicio de la primavera han traído mucha lluvia y, al llover sobre mojado, los cauces han tomado lo que siempre había sido suyo.

Sin embargo, en esas lindes del río se ha construido, se ha labrado… y eso entra inevitablemente en conflicto con el río cuando este no puede más. Históricamente, dos han sido las demandas de los afectados para sobrellevar estos momentos: diques de contención y/o dragados. Y una tercera, cada vez más complicada en estos durísimos tiempos de crisis: establecer  sistemas  de  compensación  o  discriminación positiva de estas zonas. Las demandas de los ayuntamientos afectados -navarros, sobre todo- que han sido trasladadas a las autoridades políticas y a la Confederación Hidrográfica del Ebro (CHE) se han centrado en exigir que se arreglen los diques dañados para que no vuelva a entrar el agua, pero la Confederación quiere hacer una zona de expansión (es decir, crear áreas inundables) con una serie de compuertas, y sostiene que «mientras no se haga eso, no tenemos solución». Sin embargo, la propuesta de la creación de áreas inundables, que básicamente supondría ceder al río lo que es del río cuando lo necesite, no es del agrado de muchos agricultores y asociaciones de agricultores (no de todos), porque implicaría dejar al pairo áreas hoy cultivadas sin garantía de compensación.

El presidente de la UAGN, Félix Bariain, y el secretario general de la organización, David Lezaun, expresaron a principios de mes su indignación con la Confederación  Hidrográfica  del  Ebro  y  exigieron  la dimisión de su máximo responsable, Xabier de Pedro, «por su ineficaz gestión ante las inundaciones causadas por el río en los últimos dos meses y medio, que han anegado miles de hectáreas de cultivos», tal y como recogía naiz.info el 2 de abril, y le reiteraron su rechazo a la creación de zonas inundables. Lo primero es reparar lo dañado, insisten.

Por su parte, EHNE exige un cambio de prioridades en las inversiones públicas del Gobierno navarro en el sector agrario y critica «la dejadez por parte de la Confederación Hidrográfica en cuanto al mantenimiento del cauce, lo que provoca que, con cada vez menos punta de agua, los daños sean mayores». Pero, al mismo tiempo, EHNE apuesta por «la inclusión de las llanuras de inundación dentro de la Red Natura 2000» y recuerda que la Directiva Marco del Agua, en su artículo 31, punto 4, «establece una serie de requisitos específicos para compensar a los beneficiarios por los costes y pérdida de renta». EHNE ve necesaria la implantación de «medidas estructurales que minimicen el impacto económico y den cierta seguridad a los agricultores afectados». Algo esencial.

«Llevamos prácticamente tres meses con los campos inundados, se han perdido las cosechas de invierno y no vamos a poder plantar los cultivos de primavera», se lamentan muchos agricultores. Hablamos de unas 1.500 hectáreas afectadas, especialmente entre Castejón y el límite con la provincia de Zaragoza, con picos que han llegado hasta las 4.000. Los cultivos de brócoli, alcachofa y borraja ya se han visto afectados y los de cebada y trigo, así como la siembra del maíz y otras hortalizas tienen un oscuro futuro ante sí.

No es un tema nuevo, en absoluto, y tampoco las posibles soluciones lo son, aunque no terminan de ser consensuadas e implementadas. Hace exactamente seis años, en un artículo publicado en GARA, Camino Jaso, Julia Ibarra y Eneko del Amo, integrantes del Grupo Nueva Cultura del Agua en Nafarroa, tras mostrar su solidaridad con los agricultores y vecinos afectados por las crecidas (diques rotos, campos erosionados, cosechas perdidas, obras e inmuebles afectados), trataban de recuperar conceptos olvidados pero básicos a la hora de interpretar estos hechos al margen de la imagen social generada de alarmismo. Recordaban que tanto la construcción de diques de defensa como de embalses «son medidas que acaban generando una falsa sensación de seguridad que favorece la invasión de la llanura de inundación por parte de las actividades humanas», y apostaban, claramente, por «habilitar espacios de inundación en zonas compatibles con la misma, junto al retranqueado de determinadas motas y la adecuada reforestación de sotos y riberas, con las pertinentes indemnizaciones -la persistencia del uso agrícola tradicional en la llanura de inundación favorece la función laminadora de la misma, por lo que debe ser apoyada y potenciada-. Estas medidas deben combinarse con planes eficaces de defensa de los núcleos urbanos y de las vías de comunicación».

«No podemos eliminar todos los usos e invasiones de las vegas, pero sí ordenarlos», subrayaban, y concluían que «el propio funcionamiento natural de un río favorece que parte de la crecida se desborde e inunde las riberas y las terrazas, provocando un tipo de inundación en la que el volumen que se desborda, se infiltra y fertiliza la vega es a su vez un volumen de agua que se resta al balance global del episodio de inundación. El río gestiona su propia inundación mejor que nadie, lleva haciéndolo toda la vida. Reconocer que las llanuras aluviales inundadas son el mejor seguro contra los efectos perniciosos de las inundaciones y valorar su interés como sistemas naturales debería ser el objetivo principal de las administraciones públicas en la gestión de estos episodios».

La creación de zonas inundables controladas es muy popular en otros países europeos. Incluso en Holanda, con sus diques y compuertas de última generación.

«Si no fuera por los embalses…». Otra de las reacciones más socorridas es la que alude a los supuestos beneficios que aportan los embalses para la contención de las crecidas. Una frase típica y manida sería la siguiente: «Si no fuera por los embalses, esto habría sido una catástrofe». En el artículo firmado por Camino Jaso, Julia Ibarra y Eneko del Amo en abril de 2007 se esgrimían conceptos básicos de geometría para rebatir esta percepción: «La función laminadora de las avenidas que desarrolla la llanura de inundación es potencialmente más efectiva que la de los actuales embalses de la cuenca. La cantidad de metros cúbicos de agua que había que desalojar después de las intensas lluvias de estos días solo cabía en esas llanuras o vegas fluviales. Estas llanuras son tan extensas en el caso de nuestros grandes ríos, Arga, Ega, Aragón y Ebro, que con una lámina de agua de sólo 5 centímetros de espesor se almacenan cantidades equivalentes o superiores a las almacenadas por cualquiera de los embalses de la cuenca (Itoitz, Yesa…); es decir, en pocos kilómetros caben millones de metros cúbicos de agua. Además, este efecto de regulación sería incomparablemente mayor si se estableciera un verdadero espacio de libertad fluvial. Para conseguir este espacio habría que empezar por corregir la influencia de muchos de los obstáculos construidos por el ser humano sobre el flujo natural del agua en la llanura de inundación (puentes, pasos en terraplén…). También, al igual que se está haciendo en muchos países desde hace varias décadas, eliminar o rebajar parte de las actuales y peligrosas motas de defensa (elevaciones de tierra), o en algunos casos situarlas más alejadas del cauce, evitando así concentraciones de agua en lugares situados aguas abajo de los tramos encauzados por los diques, que pueden resultar peligrosas».

Son también habituales las confrontaciones en tiempos de crecidas en torno a cómo y cuándo se Son también habituales las confrontaciones en tiempos de crecidas en torno a cómo y cuándo se abren las compuertas de los embalses. Ha sucedido recientemente en Añarbe y en los pantanos alaveses.

E incluso se han podido volver a escuchar recientemente críticas más o menos rigurosas (y, en todo caso, desmentidas por el CHE) sobre si «se deja» que el Ebro inunde las zonas de siempre en la Ribera navarra para evitar que lo haga en territorio aragonés.

Pero no son estas las únicas polémicas que la gestión de las crecidas de las ríos provocan en nuestro país. Hay otro tema recurrente que de nuevo ha saltado a la palestra: ¿Conviene o no limpiar o dragar los ríos para evitar los desbordamientos?

«Limpiar» el cauce. El pasado 24 de enero, Alfredo Ollero Ojeda, profesor titular de Geografía Física de la Universidad de Zaragoza y vocal del Centro Ibérico de Restauración Fluvial, advertía sin medias tintas de que «la “limpieza” es una actuación destructiva del cauce que no sirve para reducir los riesgos de inundación y que puede originar graves consecuencias tanto en el medio natural como en los usos humanos del espacio fluvial». Es, en su opinión, un «anacronismo», pero sigue siendo una idea muy enraizada, en parte porque en años pasados se hacía sin contemplaciones y porque la percepción que se suscitaba entre la ciudadanía era de que «la inundación estaba siendo grave por culpa de que el río no estaba limpio». El doctor Ollero subraya que «esta interpretación popular de los hechos, tan errónea como abrumadoramente unánime» es un mero «placebo».

En todo caso, conviene matizar las palabras: cuando se pide limpiar un río no se pretende liberarlo de basuras (como han realizado hace pocos meses, por ejemplo, en Usurbil), sino eliminar sedimentos, vegetación viva y madera muerta, elementos naturales del río y fundamentales para su dinámica. Lo que se demanda es agrandar la sección y reducir la rugosidad para que el agua circule en mayor volumen sin desbordarse y a mayor velocidad. Pero, tal y como el propio Alfredo Ollero y Camino Jaso recordaban el 9 de febrero, «cuando esto ocurre, los daños en el río son innumerables y, además, las limpiezas son acciones que nada benefician a los que las demandan.

Y lo documentan del siguiente modo: «En las primeras horas de la siguiente crecida el río volverá a acumular materiales en los huecos limpiados. En ríos

como el Ebro y los tramos bajos de sus principales afluentes navarros, eliminar una capa de gravas de su lecho aumenta mínimamente la sección de la corriente desbordada, un efecto a toda vista despreciable. En el Ebro, por ejemplo, si se dragara rebajando un metro el lecho, para una crecida de 2.000 m3/s como la de estos últimos días y teniendo en cuenta el campo de velocidades, tan solo bajaría el nivel de la corriente unos 8 centímetros en la misma sección dragada. Y si se quiere mantener este pequeño efecto, habrá que seguir limpiando una y otra vez. En 2010 se dragaron un total de 126.000 m3 de gravas en el tramo aragonés del Ebro (entre Gallur y Cabañas) y hoy durante la crecida se pide con insistencia que se vuelvan a dragar los mismos puntos». En opinión de ambos, además de un despilfarro, es ineficaz. Otro dato: en toda zona baja del Arga y del Ega se hicieron en la década de los 70 y 80 del siglo pasado grandísimos dragados y canalizaciones y el río está como está.

Y puede acarrear efectos perniciosos: «Los dragados pueden provocar efectos secundarios muy negativos: erosión remontante (erosión hacia aguas arriba del tramo dragado), incisión (hundimiento del cauce), irregularización de los fondos, descenso de la capa freática (y por tanto desecación de pozos de riego), descalzamiento de puentes y escolleras, colapsos si hay simas bajo la capa aluvial…» (EHNE también subraya que «la política de dragados sistemáticos no va a librar al sector de futuras inundaciones»).

Recuerdan ambos expertos que los estudios geomorfológicos que se han llevado a cabo en el río Arga, entre ellos en la zona de Peralta-Funes, han demostrado que los dragados a los que se han visto sometidos estos ríos en el pasado están provocando serios problemas de incisión del cauce: «Como resultado de esto, se empiezan a observar problemas de descalce en las zapatas de los puentes y un descenso en el nivel freático que afecta a los pozos de los que se abastecen los regadíos y las poblaciones ribereñas».

¿Se eleva el cauce? Ollera y Jaso rebaten otra de las creencias populares sobre los ríos en estos tiempos de crecidas: la percepción de que el cauce de los ríos se eleva. Es una percepción falsa, sostienen, «ya que donde haya crecido alguna playa o isla, el cauce habrá profundizado al lado, en el mismo punto, para compensarlo». Discuten también otra sensación popular más o menos extendida que aflora de modo recurrente y que sostiene que con crecidas pequeñas cada vez  se  inundan  más  campos, «cuando  lo  que ocurre -aseguran- es que las motas y defensas, al comprimir el flujo, inyectan con fuerza el agua a las capas subterráneas, inundándose desde el freático terrenos muy alejados del cauce».

El problema es que es difícil explicar a los sectores y poblaciones afectadas, especialmente en este momento de inundación y desolación en la Ribera, que son las propias crecidas «las que limpian los cauces y mantienen la vegetación a raya». Ollera y Jaso anticipan que «tras estas crecidas, este verano habrá menos algas y menos riesgo de proliferación de especies invasoras, como la mosca negra. Con menos regulación, más espacio para desbordarse y más crecidas, el río funcionará mejor y nos dará más beneficios. Dejemos de demandar limpiezas». Además, no conviene generalizar. La propia Camino Jaso tira de familia para apuntar que muchos agricultores entienden que el propio río debe gestionar sus crecidas. De hecho, tienen esa tierra tan estupenda porque están precisamente en la vega de inundación. La cuestión es que cuando la sufren deberían ser convenientemente indemnizados. Pero hoy no existe ningún protocolo claro para esos momentos de aluvión.

Cambio radical. Esta serie de propuestas no son, desde luego, ajenas al entorno europeo. De hecho, frente a la ineficacia de medidas quizás más «populares», la Directiva Europea de Inundaciones aboga por la renaturalización de los ecosistemas fluviales a través de la recuperación de las llanuras naturales de inundación como vía de laminación de las avenidas. Poblaciones y polígonos industriales, por ejemplo, deberían contar con medidas estructurales de protección, pero la gestión del resto del cauce fluvial debería ser radicalmente distinta. Precisamente en esta línea se han desarrollado experiencias en Holanda y Alemania, al igual que las que se están realizando en la propia cuenca del Arga y Aragón y en tramos del Ebro. Ese es el futuro para expertos como Alfredo Ollero y Camino Jaso, quienes recuerdan que si desaparecen ciertas funciones ecosistémicas de los ríos, se pone en riesgo la disponibilidad de agua de calidad y peligran la mayoría de lo usos que actualmente hacemos de ellos, a la par que se hipotecan usos potenciales futuros.

Estos dos expertos urgen a que comience a desarrollarse y aplicarse una buena ordenación y gestión de estos espacios que, por supuesto, insisten, puede y debe incluir labores de conservación y mantenimiento de cauces, donde tendrían también lugar acciones de limpiezas puntuales de puentes e infraestructuras. Si a esto añadimos una política eficaz y rápida de indemnizaciones para los años excepcionales (como este), y más campañas de información y participación, el problema de las crecidas quedaría paliado y los ríos ganarían en salud, lo cual siempre revierte en la mejora de los múltiples servicios que nos prestan.

 Publicado en Zazpika 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Categorías

A %d blogueros les gusta esto: