Posteado por: uranuevacultura | marzo 19, 2014

A las gentes de los pueblos de la ampliación del Canal de Navarra

canaldenavarra1Agricultoras, labradores, campesinas y hortelanos, figuras en peligro de extinción en nuestra comunidad, tienen ante sí una nueva amenaza: la desaparición del regadío tradicional sacrificado al desarrollo de más concentración parcelaria para el beneficio de la agroindustria. El proyecto, innecesario pero carísimo, de la ampliación de la 1ª fase del Canal de Navarra, trae consigo graves consecuencias para la mayoría de pequeños agricultores de los 15 pueblos afectados. A la pérdida de sus concesiones de agua buena y barata del Ega y Arga (pasarán a pagarla cara -no sabemos si siempre disponible- y privatizada), se añaden otros impactos que nos afectan a todas las personas de Navarra y de fuera, los que vivimos ahora y los que están por nacer: la desaparición del paisaje tradicional del campo.

Ese paisaje tejido por la paciencia de quien posee el tiempo y el amor a la tierra, y planta un cerezo aquí y un membrillo en la linde, el nogal de la acequia cantarina, unos almendros en la pequeña pieza del monte… Un paisaje de pequeñas sendas sinuosas entre huertos. La hiedra encaramada al murete de adobe, violetas semiescondidas, lirios y caléndulas, menta, salvia y espliego, ortigas, tomillo y romero, zarzamora y tapaculos. Miles de colores y matices, rincones, pequeñas fuentes, mentideros al sol, remansos de frescura. Todo desaparece bajo la apisonadora del regadío modernizado.

El paisaje pasa a ser feo, chato, monocolor, idéntico a otros muchos lugares ya colonizados a la causa del desarrollo y para el beneficio de unos pocos que acaparan toda la tierra. Porque este proyecto no fijará población en el campo, como dicen sus impositores; muchos se verán obligados a vender por carecer de las 5 has de tierra que componen una unidad de riego, o no atreverse a afrontar elevados gastos para la implantación en parcela a pesar de que el mayor gasto será subvencionado, es decir, pagamos todos.

Los mil aromas, la alegría de los pájaros disfrutando los setos, pequeños paraísos de diversidad, se cambian por el dominio absoluto del plástico, el hormigón, las vallas metálicas. Ribazos y bosquetes floridos por montículos de garrafas de PVC tiradas por doquier exhibiendo su calavera de advertencia.

Ese panorama es una realidad en muchos pueblos de la Ribera y otras zonas de la península. Nada importa ya: a nadie se le ocurre ir a pasear por ese nuevo regadío cuadriculado y monótono, donde todo lo atesorado durante siglos por nuestros antepasados ha sido eliminado de un plumazo por técnicos alejados del campo, con el visto bueno del gobierno. El mismo gobierno que debería estar defendiendo el territorio, sus peculiaridades, su riqueza natural y cultural, velando por el bien común. El mismo que paradójicamente colabora y dinamiza -saltándose la consulta popular y la participación-, la perpetración de este ecocidio.

Ecocidio, biocidio, muerte de los ecosistemas, muerte de la vida. La de plantas, árboles, fuentes de agua clara y especies de todos los órdenes. Intoxicados por los fitosanitarios, venenos necesarios para que este perverso modelo de agricultura (¿?) produzca alimentos (¡!) en grandes cantidades. Muerte también de la cultura y las tradiciones. De la toponimia incluso: ya nadie tiene una pequeña pieza en Burgaiz o La Muga, en El Belcho o Las Salinas, en la fuente del tío Perico. Toda la información que contienen estos nombres desaparece bajo la incontestable precisión del Sector XXIV, es un decir, parcela 193, en el camino H4.

Agricultor, labradora, campesino u hortelana, me voy a atrever a pediros un favor. En nombre también de vuestros nietos, de las generaciones venideras, y en el de los abuelos que plantaron el nogal de la Güeltalta, me voy atrever a pediros que detengáis este sinsentido de la ampliación de la zona regable del Canal de Navarra. Que os paréis a debatirlo tranquilamente sin que nadie os imponga nada. (Lo mío es solo un deseo, no puedo imponer nada. ¡Sólo faltaría!).

Cuando no queden campos sin industrializar, cuando todo esté uniformado y apisonado, envenenada la tierra y el aire, vendido todo a las multinacionales que producen alimentos intoxicados, el que conserve su huerta de siempre, con sus frutales y sus propias hortalizas, tendrá el auténtico tesoro. Un tesoro que vuestras nietas se merecen.

María Ausejo Gárriz (URA Nueva Cultura del Agua)

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